Texto y fotos: Juan Sebastián Jaramillo
Quizás uno de los temas más recurrentes cuando se habla de arte con un público no especializado sea: “¿qué demonios es arte?”. Y con razón. El arte ha “sufrido” un sinnúmero de cambios de significado a lo largo de su historia. Cambios que se filtran desde la manera en que es presentado —el soporte—, hasta el público que lo “consume”, sus objetivos, su valor, en fin…
No es lo mismo ser un/a artista en el 2022, que serlo en el Renacimiento, o más cercano aún, en la era de las vanguardias modernistas. Así como no es lo mismo ser un/a artista en Nueva York que en Ecuador. Y eso puede tener mareado a más de uno y enojados a más de unos cuantos detractores del arte contemporáneo.
Contexto
Mientras que el artista contemporáneo tiene un abanico de soportes a su disposición (video, performance, dibujo, fotografía, instalación, arte callejero, media art, escultura, instalación, arte conceptual, y la lista podría seguir…), el artista de finales del siglo XIX y principios del siglo XX seguía atado a la pintura como —casi— la única práctica que cabía dentro de esta palabra tan rara: arte.
También el público ha cambiado. Si repasamos la historia del arte (desde la mirada eurocentrista), podemos ver que el público en la Edad Media eran los señores feudales, los aristócratas, monarcas y el clero, pues eran ellos quienes encomendaban obras a los artistas.
Previo a la existencia de la fotografía, los pintores subsistían porque los ricos les pagaban para inmortalizar su imagen en un retrato.
Ahora, si bien pueden seguir existiendo esas relaciones clientelares y mercantiles (como un mural encargado a dedo por parte de una prefectura), sería ridículo decir que el público general del arte es la aristocracia.
Habría que hacer un repaso de todo el siglo XX para comprender en su totalidad cómo el arte fue mutando progresivamente y cómo los artistas fueron expandiendo el campo hacia otros lugares más allá del lienzo. Y, sobre todo, más allá del cubo blanco y de las mansiones.
Propongo un ejercicio: buscar rápidamente en Google Imágenes algunos de estos nombres que son clave para la historia del arte contemporáneo, cuya meca se situó en la Nueva York de la segunda mitad del Siglo XX: Andy Warhol, Jackson Pollock, Frank Stella, Sol Lewitt, Walter De María, Guerilla Girls, Louise Bourgeois, Marina Abramović.
Tras un breve escaneo de las decenas de imágenes desplegadas, seguramente el lector podrá ver que esas imágenes no son lo primero que se le viene a la mente cuando hablamos de arte. Es más común pensar en la Mona Lisa, en los atardeceres de Monet, en los autorretratos de Van Gogh, en el arte renacentista o, incluso, en las obras de Guayasamín. Porque eso nos enseñaron en la escuela y en la T.V.
Ecuador
Pero ¿qué tiene que ver todo esto con nuestro país? Pues, que el arte formal (digamos, el arte de galería o de museo) existe —reducidamente, pero existe— y lo hace a pesar de las condiciones adversas del sector.
Existe en las universidades públicas y privadas. Existe en un puñado de galerías independientes. Existe en la Bienal de Cuenca, en el Premio Mariano Aguilera, en el Centro de Arte Contemporáneo de Quito, en el Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo de Guayaquil, en el Museo Municipal de Arte Moderno de Cuenca, por mencionar algunos.
Existe a pesar de que no hay una cultura de coleccionismo ni un mercado estable ni establecido de arte. Existe a pesar de las pobres políticas públicas. Existe a pesar de la poca importancia que se le da al arte en las escuelas y colegios, o en los medios de comunicación.
Existe, también, a pesar de que un exalcalde se hizo el loco y no avaló la ejecución de un premio nacional de Arte que tiene una historia de más de 100 años.
Existe a pesar de que un abogado diga que el artista no debe ser remunerado por exhibir su obra en el espacio público.
Existe, a pesar de que todavía hay quienes reclaman un arte pretencioso, con destellos de elevación y superioridad por parte de lxs artistas.
Existe a pesar de que los municipios gasten el presupuesto destinado a cultura en caducos concursos de belleza.
Tons qué
El problema, pienso, radica en que el arte se ha vuelto muy especializado. Desde que los mismos artistas se educaron para reescribir la historia del arte y dejar de lado a los críticos (dando paso a los curadores), el arte dejó de ser meramente representación e imagen para convertirse en contenido.
De ahí que las críticas más furiosas apunten a que el arte contemporáneo no irradia dominios de técnica o de habilidad exorbitante. Los artistas, así como los curadores, se han vuelto también investigadores y pensadores.

El arte contemporáneo es el triunfo de la idea sobre la imagen y para tener buenas ideas hay que tener un buen bagaje de conocimientos históricos y teóricos. Tal vez por eso se lo acuse de intelectualoide. ¿Y saben qué? Creo que esa parte de la crítica es parcialmente acertada.
Desde el momento en que el público tiene que conocer la historia del arte y tener ciertos conceptos claros para entender los chistes internos, las críticas indirectas, el lenguaje lúdico que trae consigo el arte contemporáneo, este deja de ser asequible para muchas personas.
Más aún en Ecuador, donde sabemos que los niveles y las oportunidades de educación son bajos y donde —todavía— hay grandes estigmas hacia los artistas, lo cual de entrada aleja al público.
No obstante, eso no es culpa de los artistas ni de las instituciones dedicadas al arte contemporáneo. Que exista un grupo de personas que decidió especializarse en arte es algo digno de admirar. Que existan personas que decidan ser artistas en Ecuador es cosa de locos, de valientes.
Y, de hecho, son los mismos artistas, gestores e instituciones los que llevan a cabo programas educativos alrededor de las muestras y exposiciones que ofrecen. Porque el arte contemporáneo no siempre se entiende por sí solo, no es solo imagen. Y eso es así aquí y en cualquier parte del mundo.
¿Y ahora?
Al arte formal no hay que tenerle miedo. Entiendo que la galería y el museo pueden ser intimidantes. Y ahí tienen una tarea pendiente estos espacios. Deben pensar en cómo convertirse en lugares atractivos, excitantes, novedosos, amigables y horizontales. Algo que algunos espacios, como el CAC, ya han puesto en práctica.
Ir a un museo o a una galería es igual que ir al cine. Puede que vayas una vez y veas una película que no te gustó. Eso no quiere decir que el cine en general apesta o que es caduco. Simplemente era una película que no era para ti. Lo mismo sucede con el arte formal. Solamente hay que acercarse.

Habrá obras que te gusten, obras que no, obras que se entiendan por sí solas, obras que necesiten contexto. Y eso es maravilloso, porque cada muestra es una experiencia distinta. Con el tiempo irás adquiriendo un gusto por ciertos artistas, prácticas,y discursos, así como un rechazo hacia otros. Y eso está bien. Pero no dejes de acercarte.